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martes, 22 de diciembre de 2015

Ada Lovelace o el valor de las ideas

José María Agüera Lorente


En la película La herencia del viento (Inherit the wind, Stanley Kramer, 1960), todo un clásico del cine norteamericano, se narra el famoso «juicio del mono»; ya saben: el juicio celebrado contra John Scopes, un profesor de secundaria estadounidense, por enseñar en sus clases la teoría de la evolución. En 1925, año en que se vio el caso en los tribunales del estado de Tennessee, estaba prohibido por su ordenamiento jurídico «la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores» (Butler Act).

viernes, 2 de octubre de 2015

Ay, capitán, mi capitán

José Mª Agüera Lorente


Este agosto pasado se cumplió el primer aniversario de la muerte del actor estadounidense Robin Williams. Lo supe por una efímera alusión en algún noticiario de la radio. Si uno echa un vistazo en internet lo encuentra en fotografías casi siempre sonriente, lo cual cuadra con sus muchos papeles cómicos en películas de éxito. Pero en mi memoria su rostro siempre es el de John Keating; sí, ya saben, el profesor de literatura personaje protagonista del filme El club de los poetas muertos, drama dirigido por el australiano Peter Weir estrenado en 1989. Pertenece esta película a ese grupo (no sé si género) de historias que se desarrollan en contextos académicos y cuyos protagonistas son los profesores y sus alumnos cuyas relaciones proporcionan la materia prima a partir de la que los guionistas dan forma a sus narraciones, en bastantes casos con vocación de verosimilitud. Supongo que si es así es porque hay pocos ámbitos humanos en los que sea tan intensa y tan esencial la comunicación entre los individuos que en él se encuentran.

domingo, 10 de mayo de 2015

Meditaciones de un votante desencantado

José María Agüera Lorente
Contempla el votante desencantado en su paseo improvisado las calles, rincones y paredes de su ciudad. Se detiene ante una pintada con aspecto de reciente: “a los niños, cuentos; a los hombres elecciones”. Ah, es verdad -cae de repente el votante desencantado-, que estamos en año de elecciones. Y a ese desánimo, que de un tiempo a esta parte se le ha vuelto crónico, siente que se le añade un manto de fatal desesperanza. Entiende muy bien el aforismo urbano; más allá de su gamberra apariencia se le antoja una sentencia lúcida e imposible de refutar en su esencia. Las elecciones como cuentos para una ciudadanía que, contra todo criterio racional, se empeña en votar en cada convocatoria electoral, a pesar de asistir al obsceno espectáculo de las campañas que preludian la apertura de los colegios electorales. Éstos son igual que sumideros a los que se vierten las expectativas de ciudadanos cada vez más escépticos, más cerca de esa ley psicológica que condena a la apatía a todo sujeto que comprueba una y otra vez que sus esfuerzos por conformar las circunstancias en las que se desenvuelve su vida son ineficaces, porque por encima de su voluntad y su inteligencia el destino seguirá el trazado de unos rígidos raíles forjados por fuerzas indiferentes al veredicto de la mayoría de los electores. En este punto no puede el votante desencantado evitar pensar en los últimos acontecimientos políticos que en el contexto europeo protagoniza Grecia, convertida en un país que transita de una punta a otra del continente en humillante actitud de pedigüeño.

miércoles, 4 de marzo de 2015

No mía

José Mª Agüera Lorente


Si confeccionáramos una relación de los problemas más sobados a lo largo de la historia de la filosofía, en ella tendría que figurar sin duda el de si existe el progreso moral: ¿de verdad existen pruebas de objetividad irrefutable que demuestren que desde que el ser humano viene haciendo de las suyas sobre la faz de este sufrido planeta ha experimentado una mejoría en su condición moral? Aún hoy se publican sesudos libros sobre el particular de reputados autores. No seré yo, pues, quien se atreva a definirse en términos absolutos. Pero en los momentos en que lucho a brazo partido contra mi pesimismo temperamental, para sobreponerme a él pienso en la mujer. Porque me digo a mí mismo que esa prueba concreta, objetiva y empíricamente contrastable del dichoso progreso moral es la mejoría de la situación de la mujer a ojos vista en las últimas décadas. Bien es cierto que hay que circunscribirla a ciertas parcelas del mapa mundi, y que aún queda para que ser mujer no suponga una desventaja natural de partida.

viernes, 20 de febrero de 2015

La Ilustración desvalida

Cuando actualmente hablamos de civilización occidental damos por supuestas multitud de ideas -de las que mayormente no somos conscientes- sobre las que los europeos de hoy hacemos nuestras vidas, y que se traducen en normas y creencias que apenas se discuten; salvo en los momentos de crisis.
Uno de los más significativos componentes del humus cultural en el que hunde sus raíces la civilización occidental lo constituye el legado de la Ilustración. En su Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? el filósofo alemán Inmanuel Kant escribió: "Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración".

viernes, 9 de enero de 2015

La sombra de Prometeo

Estamos siendo compelidos desde hace dos décadas por una ola de empuje ineluctable hacia un nuevo paradigma cultural del que empezamos a ser conscientes y sobre cuyas consecuencias ya se reflexiona. El movimiento –como en otras ocasiones anteriores– tiene su origen en ciertas innovaciones tecnológicas todas incluidas en el ámbito ya conocido como mundo digital. No es algo inédito en la historia de nuestra especie que la técnica modifique nuestra existencia. Ocurre desde que el homo empezó su tránsito evolutivo hasta llegar a ser sapiens. Ateniéndonos a las evidencias paleoantropológicas no se puede negar que la técnica ha contribuido de manera decisiva a convertirnos en lo que somos (para bien y para mal).

Y de esto parece consciente la humanidad si rastreamos en el subconsciente colectivo, y acudiendo a las fuentes mitológicas de nuestra cultura, buscamos entre los primeros balbuceos que trataban de dotar de sentido la propia existencia, respondiendo a la pregunta sobre los orígenes. Los antiguos griegos, cuya mitología –se sepa o no– constituye parte esencial de nuestro ADN cultural, rendían culto al titán Prometeo, amigo de los mortales, adorado por éstos por ser él quien robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres; el fuego, el símbolo del control sobre la naturaleza, condición necesaria para el artificio, esencia de la técnica, base innegable de nuestra supervivencia.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Carl Sagan en bici

Ayer vi la última película de Cristopher Nolan, Interstellar. Es ciencia ficción en el genuino sentido de la expresión, es decir, se trata de una historia imaginada que se sostiene sobre una especulación científica, en este caso, combinación de teoría general de la relatividad y mecánica cuántica, las dos principales teorías que la física desarrolló durante el siglo pasado y que siguen constituyendo los dos pilares del paradigma científico desde el que el ser humano trata de comprender el cosmos, en su dimensión de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño.
Hay que reconocerle el mérito a la película de que, a pesar de basar la lógica de la aventura en la que se embarcan sus personajes en conceptos tan abstractos, logre mantener el interés del espectador que, en su perfil mayoritario, no se halla muy versado en tales sutilezas cosmológicas. Tal interés lo logra el filme –como no podía ser de otra manera– apelando a los sentimientos de quien no entiende de ecuaciones, dimensiones espaciotemporales, agujeros negros y demás jerga científica, pero sí del amor de un padre por sus hijos. Ese sentimiento que, como sentencia el protagonista de la historia, consiste esencialmente en el deseo de que tu prole se encuentre a salvo. Nada más básico, nada más intrínseco a la propia vida de quien alcanza la condición de progenitor.