Hay que reconocerle el mérito a la película de que, a pesar de basar la lógica de la aventura en la que se embarcan sus personajes en conceptos tan abstractos, logre mantener el interés del espectador que, en su perfil mayoritario, no se halla muy versado en tales sutilezas cosmológicas. Tal interés lo logra el filme –como no podía ser de otra manera– apelando a los sentimientos de quien no entiende de ecuaciones, dimensiones espaciotemporales, agujeros negros y demás jerga científica, pero sí del amor de un padre por sus hijos. Ese sentimiento que, como sentencia el protagonista de la historia, consiste esencialmente en el deseo de que tu prole se encuentre a salvo. Nada más básico, nada más intrínseco a la propia vida de quien alcanza la condición de progenitor.
La película nos presenta un futuro en el que la Tierra es un planeta agonizante, incapaz de nutrir a una humanidad que ha esquilmado sus recursos y que tiene que sufrir continuas plagas que ponen en peligro sus escasas cosechas. El hombre tiene que respirar un aire polvoriento que no hará posible la vida humana más allá de la siguiente generación. En tales condiciones nuestro planeta se torna inhabitable y el principal interés de un padre se convierte en temor. De este modo, Cristopher Nolan muestra que lo más central de nuestro mundo personal guarda conexión con ese entorno aparentemente impersonal de la naturaleza, en la que no hay compartimentos estancos, sino un continuo espaciotiempo que va desde el microcosmos subatómico al megacosmos interestelar, y que compromete decisivamente nuestra propia existencia y nuestro ser.
Hace casi treinta y cinco años, un astrofísico norteamericano, Carl Sagan, se convirtió en el más reputado divulgador científico mediante la creación de una serie documental que se ha visto en casi todo el mundo; su título, Cosmos.

Su primer capítulo empezaba con la siguiente frase: "el cosmos es todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será". Nosotros también, porque nosotros –decía más adelante– "estamos hechos de polvo de estrellas". ¿Somos conscientes de ello? Enredados en nuestros mundos, cada cual en el suyo, cuyo centro lo ocupa el ombligo propio, perdemos la perspectiva cósmica, la que es obligado adoptar para ponderar el valor de las cosas, la que realmente tiñe de inteligencia ese sentimiento elemental de protección hacia sus hijos que impregna la vida de unos padres.
Como en la película, hoy en día nosotros y nuestros hijos respiramos aire de peor calidad en nuestras ciudades conforme pasan los años. No es ficción. Es ciencia. Es una realidad objetiva: el clima de nuestro planeta cambia, y nuestra actividad, la misma que poluciona el aire de nuestras ciudades, tiene mucho que ver en ello. Su efecto dañino ya se puede comprobar, incluso medir dramáticamente: 27.000 muertes prematuras al año en España según el último informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente. Pero diríase que nosotros, inconscientemente instalados en nuestro obligocentrismo, rechazamos pensar en ello. Y me refiero a que ni en la cultura ni en la política de este país nuestro importa demasiado imponer hábitos de vida que restrinjan aquellas pautas de conducta que sólo se justifican por una mirada miope que no ve lo mucho que dependemos de la naturaleza, del aire , del agua, del clima. Hay países, no obstante, en los que la cultura ciudadana ya ha incorporado esa consciencia ecológica. Sin duda es caso modélico en nuestro entorno europeo el de Dinamarca, donde el medio de transporte más usado por todos los urbanitas de Copenhague es la bicicleta, muy por encima del coche. Aquí, por el contrario, los que usamos bicicleta para movernos por nuestras ciudades parece que tenemos que pedir disculpas por hacerlo; por molestar a los peatones, irritados por que nos vemos obligados a subir a las aceras para que no nos atropellen los automóviles, por ralentizar la marcha de éstos cuando circulamos por la calzada, ya que apenas si existen carriles bici, por aparcar nuestras bicis en mobiliario público o en portales, ya que tampoco hay lugares reservados para ello.
En Interstellar se nos dice que la salvación de nuestros hijos está en las estrellas. Yo la veo de forma menos grandilocuente en una modesta imagen: Carl Sagan montando en bicicleta.
José Mª Agüera Lorente
Iba a conformarme pinchando en el icono de "me gusta", pero me ha salido una ventana que me pide datos personales no sé para qué. Así que relleno este espacio.
ResponderEliminarMuy interesante el comentario de la película, pero mucho más la reflexión a "pie de bici". Y muy bien escrito. Un placer haberlo leído.