martes, 15 de diciembre de 2015

Las uvas de la ira


Dos linajes solos hay en el mundo, decía una abuela de Sancho, que son el tener y el no tener. Que esa frase no es meramente retórica lo demuestra la lectura de Las uvas de la ira, la obra en la que John Steinbeck convierte en ficción una realidad que la superaba y de la que también dio cuenta como reportero.
En toda la travesía que la familia protagonista (si cabe ese concepto en una obra en la que la idea de la importancia de lo colectivo es crucial) realiza a través de la mítica ruta 66, el gran río que con multitud de afluentes cruza los Estados Unidos de este a oeste, desde Oklahoma a California, en un viaje narrado a la manera de una road-movie, los Joad no encontrarán más ayuda que la de sus iguales, aquellos que están tan desposeídos como ellos, aquellos a los que se refiere Mamá Joad como la gente, aquellos a quienes les está reservado el futuro.
Si bien el arranque de la novela se hace algo duro por la minuciosidad con la que Steinbeck describe la dramática sequía que asola los maizales, provocada por ese fenómeno meteorológico conocido como dust bowl -literalmente, “Cuenco de Polvo”-, pronto, sin embargo, remonta y consigue engancharnos. Rápida, inexorablemente nos sentimos uno más de los Joad subidos en ese trasto con mil achaques en el que avanzan a un ritmo similar al de la simbólica tortuga que muy al principio de la historia protagoniza un capítulo completo. Tan despacio a veces que querríamos adelantarnos al desarrollo de la historia, comidos por el deseo de saber cómo les va a ir en el próximo destino, en la próxima parada.
Steinbeck relaciona de forma armónica, perfectamente engarzados, los tres planos en los que se desarrolla la narración: de una parte la historia familiar, similar a la de otras muchas familias atrapadas por el crack del 29 y obligadas a vagar desesperadas en busca de trabajo; de otra, la situación política, social y económica de los Estados Unidos, tras el estallido de la primera gran burbuja financiera que llevó al desastre no solo económico, también moral, a una sociedad crecida en la creencia de su superioridad; por último, un detallado relato agrario, una especie de Calendario zaragozano, sobre técnicas y sistemas de cultivos, sobre ritmos y ciclos, sobre tormentas y bonanzas.
Cuando Jonh Steinbeck escribe esta novela en 1939 en pleno new deal -la solución a la gran depresión, basada en un intervencionismo estatal extraño a lo que dictaba la ética política norteamericana, pero que supuso una considerable mejora en el plano social-, lo hace desde el conocimiento exhaustivo de la situación. Había sido recolector de fruta en su juventud y había comprobado en sus carnes el rigor del trabajo a destajo. Había escrito, además, varios artículos periodísticos para cuya redacción precisó de una profunda documentación y que fueron recogidos posteriormente en el volumen Vagabundos de la cosecha. Esta obra se publicó ilustrada por las fotografías de la gran Dorothea Lange, una de las pioneras en el campo del retrato social, creadora de imágenes de enorme dramatismo que a nadie dejan indiferente.lange-4
Así, los Joad son personajes de ficción pero a la vez son personas de carne y hueso como el resto de los cientos de miles de okies que acudieron a la tierra prometida al reclamo de buenos salarios y promesas de casitas blancas y que, como antes filipinos, chinos y mexicanos, vieron que la realidad era bien diferente y como, en asuntos de dinero, ellos, a pesar de ser blancos y norteamericanos, no eran tratados de manera distinta.
Y es que las leyes que rigen el capitalismo son implacables.
En esta desolación, Steinbeck retrata a sus personajes a muy grandes trazos, destacando en ellos los valores del trabajo, la abnegación y la solidaridad; personas llenas de dignidad cuya fuerza surge de la familia, del grupo, de la gente. Además de los miembros de la familia Joad aparecen secundarios de lujo, personas, no es redundancia, con una gran carga de humanidad, como Jim Casy el predicador que realmente predica cuando piensa que ya ha dejado esa tarea, como los Wilson o los Wainwright, como Mae, la camarera que da dos caramelos por el precio de uno a los chicos o como Jim Rawley, el director de esa especie de falansterio utópico que es el campamento de Weedpatch. Personas, todas ellas, con algo en común: son gente.

[caption id="attachment_500" align="aligncenter" width="625"]Un Winfield y una Ruthie reales Un Winfield y una Ruthie reales[/caption]

No se presta siquiera Steinbeck a denigrar a los que se quedan en el camino; para ellos
- Connie es el mejor ejemplo-, aplica aquello de que no hay mayor desprecio que el olvido. Una vez que han demostrado no estar a la altura no hay que perder una sola línea en recordarlos.
Novela sin final feliz, no podía ser de otra manera, fue rápidamente llevada al cine por otro John, el gran director John Ford. En dos años consecutivos, 1939 y 1940, tuvimos una gran novela y una gran película y desde entonces y para siempre Tom Joad será Henry Fonda.
Decía más arriba que la novela narraba las vicisitudes de los Joad como si de una road-movie se tratase; pero a mí, devoto seguidor de cualquier película del oeste me parece más bien una obra en la línea de las que contaban las vicisitudes de las míticas caravanas que atravesaban el Far West buscando las tierras propicias en las que establecerse y levantar sus ranchos, historias en las cuales había tiempo para la lucha, para el amor, para el sacrificio, para la amistad…e imagino que la ruta 66 podría ser sin problema cualquiera de los caminos polvorientos que surcan Monument Valley.
Han pasado más de setenta y cinco años desde que la novela se publicó, John Steinbeck logró el Nobel años después, Ford y Fonda varios premios Óscar…pero todavía podrían escribirse obras como Las uvas de la ira, novelas que podrían llevarse al cine con crudeza similar. lange1
Días atrás veía Home, el magnífico documental que Yann Arthus-Bertrand rueda desde el cielo mostrando en bellísimos imágenes el sufrimiento de la tierra y de sus pobladores. En él, en una más de esas pinceladas con las que repasa prácticamente todos los países del mundo, máquinas cosechadoras estadounidenses trabajan día y noche recogiendo miles y miles de toneladas de algodón. Esas máquinas, como las descritas por Steinbeck, ni sienten ni padecen. El siguiente fotograma , en cualquier país africano, unos niños, carne de yugo, juegan sobre las montañas de algodón que han recogido sus padres a lo largo de todo un día sin más ayuda que sus propias manos. Bertrand diagnostica lo evidente: el algodón subvencionado en los Estados Unidos lleva a la ruina a los productores nativos africanos.
Un “hoy por ti, mañana por mí” trágico que lleva a tantos y tantos primero al desierto, luego a la patera, y más tarde, si han tenido suerte y han conseguido llegar a la nueva California, a la miseria y la desesperación.
En clave de humor la irreverente South Park dedica un episodio, Over logging, a mostrar el viaje que una familia realiza desde el Este americano hacia Silicon Valley, ¡de nuevo California!,  en busca de los megas prometidos. En este capítulo los guiños paródicos a Las uvas de la ira son constantes, familia viajera, campamentos, carteles que avisan de que no hay internet para todos…
Yo, que no entiendo demasiado de navegación por los mares de internet para encontrar en castellano ese capítulo ni sé nada de esa lengua de piratas necesaria para comprender el original, me quedo con el recuerdo de los Joad, con la rabia que da ver cómo el destino siempre maltrata a los mismos, pero también con la esperanza de que tal vez algún día se cumpla lo que Madre soñaba.

http://www.youtube.com/watch?v=a3SyiRDC1eU
Y mientras pienso en todo esto viene a mi cabeza una vieja canción. Escucho, -este inglés si lo entiendo-, al viejo y melancólico Woody Guthrie, otro de esos okies a los que maldijo el mismo Dust Bowl que a los Joad, cantar una de esas canciones de desposeídos This land is your land

Joaquín Medina Ferrer

2 comentarios:

  1. Muy bueno joaquín, que bien expresas lo que yo he visto y sentido durante la lectura de la novela.

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  2. Muy bueno el comentario y muy precisa la información que añades. Creo que el elemento social en la obra de García Lorca nunca ha sido del todo comprendido, cuando no intencionadamente relegado, y poemas como los que ilustran tu comentario nos hacen ver con total claridad que también Federico estaba, como Steinbeck, del lado de los desposeídos, del lado de "La Gente".
    Como el escritor norteamericano también Federico tuvo su particular Tom Collins , también Federico recorrió los pueblos más humildes. Por desgracia su vida no alcanzó para recibir, como él, el premio Nobel.
    ¡ Gracias, Antonio!

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