José Mª Agüera Lorente
Si confeccionáramos una relación de los problemas más sobados a lo largo de la historia de la filosofía, en ella tendría que figurar sin duda el de si existe el progreso moral: ¿de verdad existen pruebas de objetividad irrefutable que demuestren que desde que el ser humano viene haciendo de las suyas sobre la faz de este sufrido planeta ha experimentado una mejoría en su condición moral? Aún hoy se publican sesudos libros sobre el particular de reputados autores. No seré yo, pues, quien se atreva a definirse en términos absolutos. Pero en los momentos en que lucho a brazo partido contra mi pesimismo temperamental, para sobreponerme a él pienso en la mujer. Porque me digo a mí mismo que esa prueba concreta, objetiva y empíricamente contrastable del dichoso progreso moral es la mejoría de la situación de la mujer a ojos vista en las últimas décadas. Bien es cierto que hay que circunscribirla a ciertas parcelas del mapa mundi, y que aún queda para que ser mujer no suponga una desventaja natural de partida. Por lo que a nuestro país respecta la ganancia ha sido notable en múltiples planos; político, económico, social… Para los incrédulos sería recomendable el visionado de Con la pata quebrada, documental de Diego Galán, en el que hace un seguimiento de la evolución de la situación de la mujer a lo largo de las últimas décadas a través de fragmentos seleccionados de películas españolas. No obstante, sería irresponsable regodearse en la satisfacción que produce lo logrado y darlo por consolidado, pues hay que tener siempre presente que lo mismo que se gana en derechos y libertades, siempre muy trabajosa y lentamente, se puede perder en poco tiempo y casi sin darnos cuenta todo lo ganado. Este es un axioma universalmente válido para cualquier colectivo, ya sea minoría o mayoría. Además, hay motivos para mantener la tensión, como trataré de mostrar en lo que sigue. Ya hace tiempo que forma parte esencial del discurso oficial de lo políticamente correcto todo lo referente a los planes de ayuda, protección y discriminación positiva de la mujer, expresión de las mejores intenciones de nuestros gobernantes, que, para que quede patente que no se trata de concesiones hechas a las –para no pocos– revoltosas feministas, se tornan cuerpo tangible en el Instituto de la Mujer. De manera que podemos decir, con todos los peros que la crítica inteligente proponga, que la mujer tiene sus valedores institucionales en la ya larga lucha por su prosperidad. Y, sin embargo, hay ciertos hechos cuya comprobación se halla al alcance de cualquiera, dado que forman parte sustancial de la vida cotidiana, y que, cuanto menos, son paradójicos si los ponemos en conexión con todo lo anterior. Pues la promoción oficial del lenguaje no sexista hasta extremos en ocasiones fronterizos con el contorsionismo lingüístico (“trabajadores y trabajadoras”, pero también ¿”miembros y miembras”?) convive con la discriminación salarial crónica en razón del sexo (las españolas cobran por término medio un 24% menos que los españoles por la realización del mismo trabajo); la tan proclamada emancipación de la mujer se evidencia ilusoria cuando conocemos del régimen de vida de las trabajadoras sometidas a la implacable dictadura de los horarios laboral y familiar, ámbitos los dos de trabajo casi siempre y raramente de realización personal; la liberación sexual se desvanece cuando se manifiestan, en las coyunturas propicias, los prejuicios morales de siempre: el hombre promiscuo ensalzado como semental objeto de emulación frente a la libertina casquivana que al entregarse a los deleites de la carne se pierde el respeto a sí misma y se merece la censura implacable de las de su mismo sexo; la educación en igualdad diseñada en los proyectos escolares que se publicita fanfarronamente se estrella contra esa otra publicidad, verdaderamente abrumadora, que satura a todas horas todos los escaparates mediáticos, en los que es la norma el estereotipo de mujer florero al tiempo que apenas si se vislumbra una alternativa crítica al mito del príncipe azul, fomentando de esta manera una malsana cultura de las relaciones de pareja, en la que se asume que caben naturalmente la posesión y los celos. Ante todo lo expuesto tiene sentido preguntarse si no será que la mujer aún no ha conseguido enfrentarse al espejo con el rostro totalmente limpio de maquillajes. Si no está todavía por hacer entre todos esa ética social (que no institucional) que finiquite la caduca moral que aún –reconozcámoslo o no– define nuestras actitudes y (pre)juicios, que son los que determinan de verdad las conductas que entretejen la intrahistoria de nuestra sociedad actual.
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Francesca Woodman, Desnuda frente al espejo[/caption]Decía la protagonista de Te doy mis ojos, la magnífica película de Icíar Bollaín sobre el maltrato de género, cuando ya había conseguido romper la cadena conyugal al fin, después de un terrorífico calvario plagado de humillaciones: “tengo que verme; no sé quién soy”. Es responsabilidad de la comunidad crear las condiciones efectivas para que cada mujer pueda averiguar quién es y que tenga la oportunidad de elegir quién quiere ser. Entonces, y sólo entonces, podremos decir que hacemos auténticamente nuestras las palabras del poema escrito por el libertario pensador Agustín García Calvo, luego convertido en hermosa canción por Amancio Prada, y que reza así: ”Libre te quiero…Pero no mía, ni de Dios, ni de nadie…”.
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Estaba un poco asustada a priori con el contenido del artículo y no he descubierto en él nada que me permita polemizar (tan solo que se deslice la idea "contorsionismo lingüístico" como vinculada al muchas veces posible lenguaje inclusivo). Pero sí que me pregunto si hacemos algo raro algunas mujeres cuando seguimos reivindicando nuestras necesidades como colectivo. O qué hay detrás del temor a nuestras reacciones ante la palabra que invita a la reflexión en hombres razonables, ilustrados y empáticos. Creo que esa desconfianza que a veces tiñe nuestras relaciones (hablo siempre de la que puede instalarse entre los que quieren entenderse) es un obstáculo que debíamos empeñarnos en derribar. Como lo es, y aún más insalvable, la propia misoginia entre mujeres, una violencia que, al menos yo, reconozco en mí misma y en algunas de las mujeres que me rodean, y que nos hace capaces de convertirnos en nuestras peores enemigas. Hace muy poco que me han descubierto el concepto "sororidad" (si el español hubiera desarrollado su heterónimo para "hermano", como el francés con su "frère et soeur", el italiano con su "fratello e sorella" o el inglés con su "brother and sister", podríamos crear el correspondiente femenino a "hermandad" como el inglés ha hecho con su "sisterhood"), la idea de la solidaridad entre mujeres. Una de sus aportaciones es dar a conocer las de las mujeres para construir la valoración no sólo de la condición humana sino de sus hechos. Sin desmontar la misoginia femenina, seguiremos poniéndonos trabas entre nosotras y será difícil lograr la sinergia entre mujeres diferentes que reconocemos que la diversidad es un valor positivo y que debemos unirnos para universalizar los derechos de las mujeres en el mundo. He abierto en Facebook un grupo (https://www.facebook.com/groups/767906193287056/) para visualizar a todas esas escritoras, pintoras, fotógrafas, músicas cuya obra ha conseguido sobrevivir a las enormes trabas que a lo largo de la historia se han puesto a las mujeres que no querían acomodarse a lo que se esperaba de ellas . Hay ya cosas muy interesantes; pero me lo pensé: me retraigo a la hora de utilizar un lenguaje abiertamente feminista (¡qué trabajico me está costando no poner sujeto, no escribir "patriarcado"!) y de abanderar actitudes que puedan resultar en exceso beligerantes: todavía pesa la educación que nos invita a ser discretas, a no alzar la voz, a no protestar, a comprender a quien nos sigue obligando a ser discretas, a no alzar la voz, a no protestar, a comprender a quien...
ResponderEliminarSeguramente en este momento de la historia por la consecución de la plena y efectiva igualdad de las mujeres, sea menester un proceso de revisión de los planteamientos feministas, redefiniendo sus principios y haciendo de la autocrítica un elemento decisivo de su renovación. Entiendo que para que esa autocrítica sea lúcida ha de hacerse desde el conocimiento que sólo puede ser útil si está libre de la toxicidad del resentimiento y la animadversión. Quiero decir que una mujer es una mujer, y un hombre es un hombre. Y hemos de saber bien desde ambos sexos qué representa una condición y la otra. Seguramente así reduciríamos tensiones y conflictos. En este sentido se me ocurre lo que me parece una obviedad; disfrutemos del encuentro en lo común y respetemos la diferencia sin tratar de imponer patrones de un determinado sexo sobre el otro desde la creencia de una superioridad prejuiciosa.
ResponderEliminarOtra dimensión clave en las complejas relaciones entre los sexos, por supuesto, es la moral, que tiene que mutar, pues es una fuente crónica de conductas incompatibles con la inteligencia, La inercia de las creencias tradicionales es arrolladora; por tanto, hay que oponerle toda la fuerza de voluntad de quienes somos conscientes de su turbia influencia.
Me quito el cráneo, Joaquín. No así el maquillaje: ¡iremos por pasos! Completamente de acuerdo contigo en casi todo, también en lo de las reduccionistas generalizaciones (hace tiempo que el nombre oficial del 8 de marzo es el de Día Internacional de las Mujeres; no existe "La Mujer" como categoría abstracta y necesariamente reductora). Pero tampoco se trata de cargar las tintas en la culpa que las mujeres debemos advertir en nuestras actitudes, en nuestras aspiraciones, en nuestras todavía necesarias reivindicaciones...No olvidemos el peso de la cultura androcéntrica, de la educación que se nos ha inculcado y que, en parte, seguimos reproduciendo. Necesitamos mirarnos en el espejo. Juntos, si puede ser. Y las unas a la cara de las otras, sí; pero también que dejéis de mirarnos con suspicacia o condescendencia cuando no con abierta animadversión cuando creemos legítimo e indispensable seguir recordando, al menos un par de días al año, que estamos muy lejos de haber conseguido la igualdad, no ya efectiva sino pensada, sobre cuya necesidad nadie parece dudar.
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