miércoles, 18 de marzo de 2015

Los huesos de Cervantes

Antonio Ávila Pablos


A medida que se ha ido acercando el cuarto centenario de la segunda parte de El Quijote, y ya, próximo el de la muerte de su autor, se ha despertado el interés por localizar los restos de Cervantes. Los medios de comunicación llevaban meses dando cuenta de los progresos de las investigaciones llevadas a cabo en la iglesia de las Trinitarias, de Madrid. Y, ahora que parece (faltan las prueba de ADN) que se ha llegado a “identificar” algunos de sus huesos, el éxito y la resonancia mediática se me antojan nimios en comparación con el acercamiento de los lectores a la obra cumbre de nuestro primer escritor desde el primer momento de la publicación.
La polémica está servida. Ya se oyen voces críticas contra la utilización mediática, política, y hasta turística, de lo que se considera un gran acontecimiento. Ya también se ha apuntado que el coste de estas investigaciones no se hubiera dedicado al fomento de la lectura. Pero no es preocupante el “derroche económico”, porque es seguro que ese dinero se recuperará con creces cuando se ponga a funcionar a pleno rendimiento la maquinaria turística. Parece que las titulares del convento ya se lo están planteando, mientras ello no altere el desarrollo de su vida de clausura.
Pero, ¿en eso ha de quedar la figura de Cervantes? No parece razonable. El eterno debate de qué hacer con los restos de nuestros escritores ilustres, una vez muertos, no debería limitarse al culto y al mercadeo de las reliquias, como ha ocurrido con tantos y tantos “hombres y mujeres de Dios”. ¿Qué hacer, entonces? Echemos una mirada a lo que han dicho estos dos poetas: Quevedo y Juan Ramón Jiménez.
250px-Quevedo_(copia_de_Velázquez)


Contemporáneo, en parte, de Cervantes, Francisco de Quevedo, tan exuberante y contradictorio, metido en todas las polémicas literarias y políticas, misógino y delicado poeta amoroso, de elevado pensamiento y, a la vez, chocarrero y procaz, hombre de acción y deseoso de la paz y recogimiento entre sus libros amados, nos ofrece en un espléndido soneto el verdadero sitio donde deben reposar los escritores:


“Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.”


La lectura en soledad es el camino para llegar a nuestros mitos literarios.
Tres siglos mas tarde, en 1923, Juan Ramón Jiménez, dedicado en cuerpo y alma a su Obra (con mayúscula como a él le gusta), publica dos títulos imprescindibles en su trayectoria poética: Poesía y Belleza, que no son sino antologías de otros proyectos de libros gestados entre 1917 y 1923. Sabido es que esa obsesión por su Obra llevó a Juan Ramón a someterla a una revisión permanente con el sueño imposible de revisarla y reescribirla en el último aliento de su vida.




[caption id="attachment_254" align="aligncenter" width="185"]Juan Ramón Jiménez Juan Ramón Jiménez[/caption]

El poeta de Moguer había vivido, desde muy joven, obsesionado por la muerte y en estos libros encuentra la fórmula para su salvación poética: vencer a la muerte dejando lo mejor de sí mismo en la poesía. He aquí dos de sus poemas:


¡Ese día, ese día
en que yo mire el mar —los dos tranquilos—,
confiado a él; toda mi alma
—vaciada ya por mí en la Obra plena—
segura para siempre, como un árbol grande,
en la costa del mundo;
con la seguridad de copa y de raíz
del gran trabajo hecho!
—¡Ese día, en que sea
navegar descansar, porque haya yo
trabajado en mí tanto, tanto, tanto!
¡Ese día, ese día
en que la muerte —¡negras olas!— ya no me corteje
—y yo sonría ya, sin fin, a todo—,
porque sea tan poco, huesos míos,
lo que le haya dejado yo de mí!
Poesía (1923)


¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día,
a la tierra, no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo, esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas puras
del río eterno, árbol
—en un poniente inmarcesible—
de la divina y májica imajinación!
Belleza (1923)


Poco que comentar. Ya sabemos dónde hay que buscar los huesos de Cervantes y dónde se encuentra escondido el legado mejor que nos ha dejado. ¡A leer!

2 comentarios:

  1. Hallados o a medio hallar algunos huesos de Cervantes, Esquivias y Argamasilla de Alba ya reclaman su parte del botín alegando no sé qué derechos.La presentación del hallazgo, segunda presentación en rigor, entre palmas, y palmeros por tanto, se convierte en noticia del día en los informativos.
    En una viñeta un niño que anda con un anciano por la cuneta de una carretera dice,"no te preocupes,abuelo, es que ahora están buscando los restos de Cervantes, en cuanto los encuentren vienen a buscar los de tus padres".
    Y es que en España parece que eso de respetar el descanso de los muertos admite muchos matices.
    Si personas anónimas por desconocidas, pero que también tienen nombres y apellidos quieren encontrar los restos de sus familiares para dignificarlos de la manera que crean oportuna las trabas económicas, políticas, científicas... son enormes. A ese interés, legítimo a todas luces, los gobernantes oponen escasez de recursos, nula sensibilidad y hasta respuestas difamatorias y chabacanas.
    Por contra si se trata de muertos de prestigio, llámense Lorca, Machado, Azaña o Cervantes la movida está garantizada y de paso añadiría que el ridículo también.
    Creo que el lugar que ocupan los restos de personajes célebres, estén o no localizados, estén en España o en el exilio, se conserven en modestas tumbas o en lujosos panteones es también "historia de España", la demostración palpable y evidente del trato que recibieron a su muerte por parte de "la madre Patria" , y de algunos de sus hijos, "hijos de madre Patria" podríamos llamarlos, que por algo la Patria es ente abstracto.
    Si se les trató con oprobio y desconsideración, si el pago que recibieron fue ominoso, guárdese siempre ese recuerdo como aviso a navegantes, como ejemplo de cuán fina es la línea que separa a la madre de la madrastra. Querer darles a sus cuerpos ahora el reconocimiento que no tuvieron al morir es otra forma de enmascarar la historia.
    No añade mas valor ni lustre a la obra de Rosalía el que sus restos reposen en el Panteón de gallegos ilustres en Santiago., a orillas de ese Sar que cantó con tanta delicadeza
    Nada le quita, ni tampoco nada le pone, a Federico , un ruiseñor al que mataron porque quería cantar, el que sus huesos descansen "entre Víznar y Alfacar".
    Dejemos al bueno de Machado, severa alma castellana, que aspire el aroma del mar en Colliure y recuerde su infancia en Sevilla mientras continúa buscando con nosotros la verdad.
    Siga Azaña en su Montauban acogedora con una bandera republicana desgastada por el sol cubriendo su tumba, visitado por quien quiera y cavilando escritos tan bellos como los de "Plumas y palabras".
    Tratemos con dignidad y respeto a Cervantes, si ello ya es posible. Y para ello no hay mejor modo que buscarlo donde realmente está, en sus novelas,tan ejemplares, en sus poemas, tan desconocidos,en sus dramas, tan numantinos...en ese Don Quijote, del que decimos que es trasunto del alma española, pero al que ahuyentamos de escuelas y colegios. Hacerlo así... ¡nos saldría tan barato!... ¡ nos enriquecería tanto!
    El chiste es fácil, se empeñan en encontrar los huesos y desprecian su lengua, "la lengua de Cervantes", de la que tan pomposa y vacuamente hablan.
    Desmantelan , ¡dichosos recortes!, algunos de sus Institutos y al par hacen cábalas de cuánto puede suponer para Madrid, en euros, la gestión del hallazgo.
    ¡Cosas veredes, amigo Sancho!

    Estaría feo terminar el comentario sin felicitar, de nuevo, a Antonio Ávila por las aportaciones que realiza y por la selección de los textos literarios que incluye.
    ¡Gracias, Antonio!

    ResponderEliminar
  2. Este artículo de Francisco Rico por todos reconocido como uno de los mejores estudiosos de Cervantes fue publicado ayer en "El País".Su lectura puede resultar interesante.

    “De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos...” (Quijote,II, 55). Así se lamentaba Sancho Panza, caído en una honda sima, de vuelta de Barataria. La palabra clave es quizá. En contradicción con algunos titulares, los probos estudiosos que han hurgado de arriba abajo las criptas de las Trinitarias no dicen que hayan encontrado los restos del novelista: dicen que es lícito pensar que se cuentan entre otros que han descartado como tales. (Ni una palabra sobre Catalina de Salazar). Quizá.
    Quien primero se propuso rescatarlos, para transferirlos a una catedral o acomodo solemne, fue José I, y ciertamente no en un sueño etílico: ordenó abrir una “información científica”, con dos médicos y un arquitecto. Como sabía Sancho, “los cuerpos de los santos... los reyes besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares” (II, 8). Pero antes de la Ilustración solo los sepulcros de los poderosos podían convertirse en lugares de la memoria.
    A la penuria en que murió quiso sumar Cervantes la ejemplaridad y la modestia cristianas, haciéndose amortajar con el hábito de la Orden Tercera (la seglar) de San Francisco, para ir “a la eterna vida / con la cara descubierta” (Francisco de Urbina, 1617). Pero ya otro admirador y amigo azucaraba la humilde realidad imaginándolo inhumado en “mármol breve” o “urna funesta, si no excelsa pira”.
    En verdad, ni urna ni leches. Como filólogo, me importa, y llevo años en ello, recuperar el texto del Quijote (o de cualquier otro libro) de acuerdo con la última voluntad del autor. Como prójimo, opino que lo más justo es respetar en otros aspectos la que fue también su última voluntad.
    Creo que fue don Antonio Maura quien primero habló de la “tumba difusa” que es el convento de las Trinitarias. ¿Qué mejor tumba que todo un templo? Ayúdese a mantenerlo en el mejor estado y a agradecer la devoción de las buenas monjitas. Pónganse si se quiere en un sarcófago común los misceláneos restos elegidos. Cúmplase la voluntad de Miguel como él quería que se dejara “reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote, y no se le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a otra parte, ‘haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace” (II, 75).

    ResponderEliminar