Reseña realizada por Joaquín Medina Ferrer
Entreabro ligeramente los visillos de la ventana. La chica sigue sentada en el mismo banco donde la dejé. La miro y veo cómo hace continuas anotaciones en su libreta, cómo se lleva el lápiz a los labios como si de ese modo su imaginación se viese favorecida, cómo fija su mirada en algunas de las personas que transitan por la plaza…
La conocí esta mañana. Yo acababa de llegar de un largo viaje en tren y me hallaba totalmente abatido. Había perdido la maleta en el vestíbulo de la estación, aunque puede que tal vez no la perdiera y la dejara intencionadamente, ya de nada estoy seguro, pero, fuese lo que fuese, ¿para qué me servirían ya mis trajes nuevos?
Mi aspecto debía resultar repulsivo; desaliñado, maloliente…y con esos manchurrones de fresa que moteaban mi camisa, manchas que a mí se me antojaban balazos disparados a mi corazón por un cazador inexperto.
Antes de entrar a la casa de huéspedes en la que vivo desde hace meses me dejé caer en un banco solitario de la plaza. Necesitaba recobrar un último aliento para poder avanzar. Durante un buen tiempo mi mirada se perdió entre las humaredas que lanzaban al cielo las chimeneas de las hilanderías de los suburbios. Aquella imagen del humo que después de ascender brevemente caía a plomo de nuevo sobre los tejados como si quisiera permanecer para siempre pegado a la tierra se convertía en una vulgar parodia de mi vida. Yo también tuve sueños…
Así estaba yo, ausente y ensimismado, temeroso y a la vez expectante: debía hallar una solución pero por más que me devanaba los sesos no sabía encontrar el camino.
Y en ese momento ella llegó y, decidida, se sentó junto a mí. Me sentí terriblemente molesto, violentado en mi intimidad, casi rabioso. Mi primer impulso fue levantarme y marchar de allí, pero mi falta de fuerzas era más poderosa que mis deseos.
Permaneció un tiempo en silencio jugando distraída a pasar el lápiz entre sus dedos. Más tarde sacó del bolso una pequeña libreta en la que escribió algo. Y de pronto como poseída por un ansia irrefrenable comenzó a hablar.
Y hablaba a tanta velocidad, con tanta vitalidad y excitación que me costaba trabajo entenderla.
Una chica de apenas veinte años, creo recordar que decía llamarse Lula, hablaba, ¿me hablaba?, de personas con nombres extraños, Faulkner y Beethoven, Capote y Fitzgerald, Napoleón y Mozart…avergonzándome cuando me decía de ellos que eran “personajes célebres y que yo estaba o-bli-ga-do a conocerlos”.
Me contó que tenía en la cabeza escribir una novela “en la que sucedieran cosas de las que realmente suceden en la vida” (esta expresión la recuerdo con certeza porque se dirigió a mí mirándome muy fijamente).
Hacía aspavientos con las manos señalando a un hombre con delantal apostado en la puerta de un restaurante, luego hacia unos niños que jugaban en la calle siguiendo las indicaciones de una chica vestida con un pantalón corto muy ajustado que parecía algo mayor que el resto del grupo y fumaba de manera ostentosa. De golpe señalaba al otro extremo de la plaza donde se encontraba el viejo tiovivo oxidado y sin dejar de gesticular me decía algo del hombrecillo, aparentemente algo bebido, que lo gobernaba. Y, súbitamente, ese interés desaparecía y ahora el objeto de su atención era un anciano negro que caminaba apesadumbrado portando un maletín en el que, aun desde lejos, se destacaban dos letras doradas, M. D.
Con tal pasión y euforia manifestaba sus ideas que el viejo que arreglaba relojes a la puerta de la casa donde me alojo fijó sus ojos en nosotros. Deseaba largarme de allí, pero…
La chica decía cosas que para mí no tenían significado alguno, expresiones tales como “más difícil que subir una montaña es bajarla”, “el amor nos redime”. “todos buscamos sin hallar”, “los sueños que nos matan también nos dan la vida…habló de política y sociedad, de igualdad y justicia, de dolor y esperanza…
Creí entender que si aún no había dado forma a la novela era porque andaba buscando un personaje que hiciera ”de nexo de unión”, así lo dijo y yo debí poner cara de extrañeza ya que añadió que precisaba encontrar el protagonista que pusiera en relación a todos los personajes que en su cabeza bullían inconexos.
A estas alturas yo ya estaba realmente cansado. Aquella chica me exasperaba. Quería ser educado y cortés, hacer que pareciera que su perorata me interesaba pero finalmente no pude aguantar más. Esbocé un gesto de saludo desganado y me fui.
Vuelvo a verla desde la ventana. Han pasado, o así me lo parece, varias horas, la eternidad en un instante…la chica continúa en el mismo banco, los niños juegan, el tiovivo sigue girando, el doctor entra en otra casa, en el restaurante el hombre del delantal cambia el cartel del menú en el escaparate…
Mis pensamientos vagan hasta Spiros…yo lo amaba y me ha dejado solo…
¡Jamás se lo perdonaré!
Pongo la radio a todo volumen, pero sigo sin escuchar nada.
De un cajón de la cómoda saco la pistola.
¡Cuánta soledad!
John Singer
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=3Ca0NxhFrlg]
No sé si quienes no han leído el libro pueden apreciar este precioso "capítulo perdido" del que Carson McCullers, la Lula que gesticula y aturde al pobre mudo con el relato de lo que quiere escribir, no tuvo nunca noticia. Solo habíamos escuchado a John Singer cando leímos una de las cartas que nunca envió a su amigo. Y es doloroso penetrar sus pensamientos, saber de su soledad, del final de sus sueños, de la ruptura que su silencio definitivo impone en las vidas de quienes habían creído encontrar en él a ese alguien imprescindible que escucha y asiente con la chispa de la comprensión en sus ojos. El título no nos permite llamarnos a engaño: la obra de una jovencita de veintitrés años nos pone frente a la sospecha, si no la certeza, de la imposibilidad de la comunicación. "Déjame terminar este sueño", le dice Bubber a su hermana Mick una de las noches en que ella debe dormir con él. El inesperado final de John Singer no permite al resto de los personajes seguir con sus sueños: la ilusión de que alguien nos escucha se desvanece.
ResponderEliminarY la canción redunda en esa idea desolada:
"People talking without speaking
People hearing without listening
People writing songs that voices never share
And no one dared
Disturb the sound of silence."
Pero, a veces, el milagro ocurre. Y creemos con los poetas que nuestras palabras se adelgazan para que alguien nos oiga y que el silencio vive si la palabra calla
y el olvido se extiende donde el amor deserta. Y decimos, con palabras prestadas: "Haz de manera que yo pueda hablarte".