miércoles, 13 de mayo de 2015

Las armas y las letras

Joaquín Medina Ferrer

Leí por primera vez a Andrés Trapiello hace ya muchos años, una novela titulada El buque fantasma. La lectura me agradó y desde entonces lo he seguido fundamentalmente a través de sus colaboraciones en la prensa escrita y he tenido conocimiento de su muy prolija obra, aunque no ha sido hasta ahora con la lectura propuesta para este Club de Lectura cuando he vuelto a leerlo.
Las armas y las letras es, en principio, una obra que analiza la actuación, en lo personal y en lo literario, de los más variopintos escritores españoles, agrupados en diversos capítulos, por sus simpatías políticas, su origen, su lugar de residencia o la pertenencia a un concreto círculo estético.

Lo primero que resultó curioso en la reunión es que cuando se preguntó quién había recomendado la lectura de este libro nadie se hizo responsable, lo cual ya resultó sospechoso. Y es que Las armas y las letras no ha resultado una lectura satisfactoria. A medio camino entre la novela y el ensayo, carece del vigor narrativo de la primera y del rigor crítico del segundo, convirtiéndose en una amalgama de anécdotas regularmente hilvanadas y en una sucesión de valoraciones, muy personales a mi juicio, sobre la obra y la vida de numerosos autores desde los más reputados premios Nobel hasta algunos casi desconocidos; de manera que finalmente la obra se convierte más en un juicio de actitudes antes, durante y después de la Guerra Civil que en un análisis de conducta. Y además, este juicio lo realiza de una manera bastante distante, como situándose por encima del bien y del mal, equiparando, en aras de la objetividad, conductas radicalmente distintas, de modo que podríamos llamarlo sumario en algunos casos. A este juicio, acude Trapiello unas veces como fiscal, otras como abogado defensor pero siempre como juez.

[caption id="attachment_291" align="aligncenter" width="270"]Portada de El Mono Azul, publicación republicana auspiciada por la Alianza de Intelectuales Antifascistas Portada de El Mono Azul, publicación republicana auspiciada por la Alianza de Intelectuales Antifascistas[/caption]

Varias son las opiniones controvertidas que defiende:
En primer lugar sostiene que la Guerra Civil no dividió a España, que eran muy pocos los que en origen pudieran sentirse pertenecientes a uno u otro bando y que había una tercera España, mayoritaria frente a las dos extremistas.

También sostiene que los más de los escritores carecían de compromiso político y que fue el azar o la casualidad lo que los llevó a uno u otro de los bandos en lucha.

Piensa también el autor, y esta sería la tercera de sus premisas, que en general, los intelectuales desempeñaron un papel nada honroso, a caballo entre el oportunismo, la venganza o la sumisión.

Y por último insiste en que en una contienda no es posible distinguir entre los beligerantes a buenos y malos.

Todas y cada una de estas opiniones son perfectamente discutibles y Trapiello, es evidente, tiene tanto derecho a creer en ellas como aquellos que no las comparten a rebatírselas; sin embargo, el libro deja la sensación de que el autor una vez establecidas estas premisas básicas, busca su justificación en actitudes concretas y parciales de los autores que estudia, olvidando o no valorando de igual modo las que las contradicen. Y así siembra dudas y avienta maledicencias a discreción, tratando de manera harto displicente a quienes estima oportuno mientras beatifica sin demasiadas pruebas a otros. Para unos casos documenta remitiendo a revistas literarias de la época, realizando una labor de búsqueda y expurgo exhaustiva, para otros recurre a un escueto “se decía o se comentaba” bastante significativo.

No es tampoco Trapiello nada generoso al tratar la bondad literaria y estilística de muchos de los autores; si bien parece acertado en muchos casos considerar a la literatura de guerra como la de menor calidad dentro de la obra general de un autor, generalizar esta opinión tampoco parece correcto y menos aún decir que después de la guerra la obra de algún autor concreto no es destacable.

Sorprenden especialmente comentarios de tono, cuando menos, poco elegante sobre la moralidad e integridad de autores como Alberti, Cernuda, Guillén, Unamuno, Aleixandre o García Lorca…Sin duda nadie es perfecto y el hecho de ser grandes escritores no les exime de haber podido cometer actos de mayor o menor bajeza; pero también es cierto, así al menos lo pienso, que otras actuaciones ejemplares les redimen. Imaginar a Guillén bebiendo ricino, a Unamuno alzando la voz en Salamanca frente a Millán Astray, a Lorca fusilado en Alfacar…¿ No debiera servir de algo? ¿Está seguro Trapiello de cuál hubiera sido su conducta ante situaciones similares?
Me ha resultado también especialmente pedante, como si Trapiello no pudiese evitar mostrar su endiosamiento, esa manera de terminar algunos párrafos con un etcétera como diciendo “qué más os voy a contar que ya no sepáis o imaginéis “.
Hay, sin embargo, méritos que reconocer en la obra, destacando antes que nada la ingente labor de recopilación de datos y el gran número de autores tratados, muchos de éstos totalmente desconocidos para el no especialista. Es también de agradecer el que esta obra haya devuelto a la luz pública los nombres de autores malditos u olvidados. Posiblemente las reediciones de las novelas de Manuel Chaves Nogales no se habría producido.

Ha servido, evidentemente, la publicación y la lectura de esta obra para reavivar el interés por el estudio de una época, la posguerra, que hasta ahora había dado poco juego fuera de los análisis estrictamente políticos , emparedada entre el drama de la contienda civil y la exégesis de la Transición…

Al haber leído el libro en el formato electrónico no he podido comprobar por mí mismo algo que celebran muchas de las reseñas, la amplísima colección de fotografías de época y la reproducción de documentos cuando menos curiosos.

Así que si es cierto que de cualquier lectura se puede extraer siempre algo valioso de ésta también podremos hacerlo.

4 comentarios:

  1. Magnifico y totalmente de acuerdo, que bien escribes y piensas...

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  2. Magnifico, que bien escribes y piensas...

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  3. Antonio Ávila Pablos18 de mayo de 2015 a las 8:57

    No estuve en la reunión del club por la gripe. Me había leído el libro y había llegado a conclusiones parecidas, pero no tan bien expresadas como tú. Al leer tu artículo me iba acordando de algunos casos concretos que podía servir de ilustración. Lo dejé para el fin de semana para tener tiempo de abrir el libro electrónico y consultar las notas. Pero el libro ya no estaba: sufrí mucho leyendo una versión pirata plagada de errores en la digitalización del texto y seguro que un exceso de celo eliminé el libro y consecuentemente las notas. Puedo recordar algunos de los excesos e incongruencias del autor, pero no las citas correspondientes del libro. Aquí van algunas. Creo que el autor se ensaña con algunos autores. Con León Felipe del que recuerda en dos ocasiones la anécdota del abrigo y del palacio, muy severo en su aso, pero bien diferente en en de Pedro Luis Gálvez. De Jorge Guillén, a quien parece tenerle especial inquina, porque, cuando por segunda vez critica su actitud durante el tiempo que estuvo en España en espera de salir el autor, no recuerda que páginas antes había sido más benevolente con otro de los escritores que tuvieron que enfrentarse al trauma de la Guerra Civil.
    Por otra parte, a lo largo de la obra cuando comenta las memorias o novelas de escritores secundarios, ensalza la calidad de esos escritos sin aportar más datos que su propio gusto.
    Siento no tener los datos a manos y que parezca por mi parte también un desahogo contra el autor. No me ha parecido un libro malo y tendencioso general, pero sí lo es con ciertos escritores de la época.

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  4. De acuerdo también yo con Joaquín y Antonio. Muy al principio de la obra, creo recordar, dice Andrés Trapiello (que se quiere un escritor de vocación cervantina, como prueban las prescindibles fabulaciones Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza) que no se puede leer si no es con entusiasmo (como don Quijote) y que no se puede escribir si no es con escepticismo (como Cervantes).

    No creo que entusiasmo sea el concepto que designe a quien se asoma al patio de vecinos para no perderse los cotilleos, más o menos sabrosos, con que salpimentar una vida presumiblemente insulsa. Siempre ha sido la literatura terreno abonado a las rencillas con vocación de nota al pie de página en los manuales; sin embargo, escribir (con escepticismo, entiendo) más de seiscientas páginas en las que se rescata a personajes como Manolo el Pollero mientras se despacha al autor de España, aparta de mí este cáliz solo como víctima propiciatoria de Neruda, no me parece ni revelador, ni digno, ni necesario como algunas críticas o el éxito del que ha gozado el libro parecen sostener.

    Afirmar cosas como que “más que las ideas, incluso más que el corazón, iban a decidir en muchas ocasiones sobre vida y fortuna de las personas, las apariencias: el mono azul, la corbata, las alpargatas...” no solo es de una frivolidad impropia del tema que se aborda, sino que entra de lleno en el terreno de la irresponsabilidad.

    De no existir estudios rigurosos y ampliamente documentados sin que ello vaya en detrimento de su amenidad, como Cuatro poetas en guerra (que se ocupa con rigor y profundidad de la actuación y la producción durante la contienda de García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Miguel Hernández), o Ideología y política en las letras del siglo XX (exhaustivo e interesante estudio sobre los autores del 98 en el primer tercio del pasado siglo), podría entender que la obra de Trapiello haya llegado a ser “libro de culto”.

    A propósito de las memorias de Neruda afirma Trapiello que hay en ese libro algo que no debería figurar en un libro de memorias: ajustes de cuentas y adulaciones; quizá se me escapa la razón que los justifica en su propio libro. Las armas y las letras descalifica en su gratuito afán desmitificador (y no escribe precisamente una mitómana) la figura y la obra (“siempre un poco aturdida, viciada y reclusa” la de Aleixandre, por ejemplo) de algunos autores con una finalidad que se me escapa. Que se me escapa porque me niego a pensar que lo que se pretende al meter a todo el mundo en el mismo saco sea quitar hierro al papel que los intelectuales jugaron o debieron jugar en el momento más terrible de nuestra historia.

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