miércoles, 25 de febrero de 2015

Suite francesa

Por Jesús Fernández Durán


Es esta una novela que personalmente me ha resultado muy interesante. ¿Por qué? Porque junto a las emociones que se espera debe despertar cualquier obra literaria, incide en un hecho histórico poco conocido y posiblemente silenciado de manera interesada, que la autora vivió en primera persona, y que tuvo el valor y la sangre fría de contárnoslo en tercera persona; "vamos, como si con ella no fuera". Algunos de los argumentos que dan valor a esta novela desde mi personal punto de vista seria entre otros, el que, es una obra escrita por alguien que viviendo unos hechos dramáticamente radicales, tiene la suficiente imaginación, temple y capacidad para entretejer una fabula que da testimonio de ellos: detalla lo relevante y sustancial mediante una ficción en medio de una gran tragedia. A través de una serie de personajes imaginarios ­­- pero muy reales- la autora da fe casi notarial, de un país socialmente desarbolado, donde las disputas están a la orden del día y solo generan insolidaridad y egoísmo en vez de la empatía social necesaria que hace falta para hacer frente a las dictaduras que generalmente tienen los objetivos más claros y por tanto suelen mostrarse más disciplinadas. Es lo que tiene la pluralidad democrática. Una muestra de toda esa descomposición se puede leer en el ensayo de Manuel Chaves Nogales La Agonía de Francia cuando según el autor, un oficial de las tropas coloniales se dirige a los reclutas alistados que formaran el ejército francés: "Uno de aquellos oficiales, buen comandante de tropas marroquíes, había recibido a los reclutas que para formar su unidad le había enviado el centro de movilización con estas o análogas palabras: — Sé que sois rojos casi todos. Pero no me importa. Yo soy eso que ustedes llaman un fachista. Tampoco les importa a ustedes. Pueden ustedes tener las ideas que quieran; yo tendré las que se me antoje. Pero aquí quien manda soy yo y haré de vosotros lo que me dé la gana. Os llevaré al combate cuando y como me parezca bien, obedeceréis ciegamente y lucharéis bajo mis órdenes sin la menor vacilación, , sin rechistar siquiera. Tanto me da que seáis comunistas como si fueseis senegaleses o malgaches. Iréis hacia adelante o marcharéis hacia atrás cuando yo lo mande y me seguiréis, igual si os llevo contra las líneas alemanas que si os doy la orden de marchar sobre París. No quiero en el batallón ciudadanos conscientes, sino soldados que obedezcan como autómatas. Para mí sois una tropa como otra cualquiera. Haré con vosotros lo que me dé la gana. Y alzando despectivamente los hombros volvió la espalda a sus hombres después de esta breve y contundente arenga. El soldado comunista que me refería esta escena comentaba con no menor desprecio: —El comandante sabía que no tenía nada que esperar de nosotros y por eso hablaba así, pretendiendo imponerse por el terror. Es igual. Haremos lo que mande mientras no haya más remedio, pero si alguna vez entramos en fuego la primera bala que salga de nuestros fusiles será para él."

[caption id="attachment_222" align="aligncenter" width="300"]SuiteFrancesa14 El ejército alemán marcha sobre París[/caption]

Como se ve los oficiales del ejército francés pensaban y actuaban exactamente igual que sus homólogos alemanes, pero con la salvedad de mandar un ejército en un país democrático. Otra vez las inefables contradicciones nos salen al paso. Volviendo a la novela, si algo tiene de crítica, esta se centra más en esa sociedad burguesa, hipócrita, angustiada, e incrédula que sólo se preocupa por no perder su estatus y sus riquezas; por el contrario los invasores son tratados por la autora como seres humanos a los que la necesidad obliga, pero que siente y padecen. Esta conjunción sentimental queda reflejada por la autora en uno de los diálogos que la peluquera del pueblo de Bussy tiene con Lucile, - personaje central en la segunda parte- cuando esta le reprocha su relación con un soldado alemán. "Usted tiene cultura. Trata con gente fina. Para los demás, todo es trabajar y matarse. Si no existiera el amor, más valdría tirarse de cabeza a un pozo. Y cuando digo amor no crea que sólo pienso en lo que ya sabe. Mire, el otro día ese alemán estuvo en Moulins: pues me compró un bolso de imitación de cocodrilo. Otra vez me trajo flores, un ramo que me compró en la ciudad, como a una señorita. Parece una idiotez, porque aquí en el campo lo que sobra son flores; pero es un detalle bonito. Hasta ahora, para mí los hombres sólo habían sido para lo que ya sabe. Pero éste... no sé cómo decirle... Haría cualquier cosa por él, lo seguiría a cualquier parte. Y sé que él me quiere... ... He tratado con bastantes hombres como para saber cuándo te mienten. Así que, como comprenderá, que me digan «¡Es un alemán, es un alemán!» no me da ni frío ni calor. Es una persona como las demás". La novela tenía que haberse articulado en cinco partes; de ahí el nombre musical de "suite" - conjunto de obras que siguiendo un orden son interpretadas de una vez dentro de una misma tonalidad_, pero Nemirovsky solo pudo escribir dos de ellas antes de que la detuvieran y deportaran.

[caption id="attachment_224" align="aligncenter" width="300"]Irène Nemirovsky y sus hijas Irène Nemirovsky y sus hijas[/caption]

En la primera parte, llamada "Tempestad en Junio" utilizando un estilo más dinámico y narrativo cuenta la salida caótica y desordenada de Paris de una serie de familias y personajes cuyas aventuras narradas en un estilo ágil, atrayente y sugestivo muestran situaciones límites como la muerte de un sacerdote por los propios alumnos que tutelaba, o la de la señora Péricands que se deja olvidado al suegro por el ansia de no perder los objetos materiales que acarreaban El segundo movimiento de la suite, " Dolce", se desarrolla en un pueblo llamado Bussy, y en ella utilizando una forma o estilo más descriptivo narra la llegada de un regimiento del ejército de tierra alemán (La Wehrmacht), y su acantonamiento dentro de la población, con las relaciones de servidumbre que acarrea para los vencidos que se encuentran en la obligación de alojarlos en sus propias casa, siendo ahí, -en esa relación forzada- donde aparece el material dramático de esta segunda parte.

[caption id="attachment_223" align="aligncenter" width="225"]manuscrito Manuscrito de la obra[/caption]

Esta parte destaca por su ritmo más lento pero lleno de detalles, reflexiones de los personajes y metáforas que enriquecen la narración y el estilo de esta novela. Entre las metáforas hay algunas perlas como las que siguen: "Era la casa más hermosa de la región; tenía cien años. Baja y alargada, estaba construida en una piedra amarilla y porosa que, a la luz del sol, adquiría un cálido tono dorado de pan recién horneado" o "La luz iba debilitándose poco a poco y las ramas de los cerezos se volvían azuladas y etéreas como borlas de maquillaje llenas de polvo". Reflexiones filosóficas como las que hace Lucile después de dialogar con Bruno el oficial alemán que alojan en la casa, y que enfrenta lo individual y lo social, lo pasajero y lo eterno: "Entretanto, Lucile pensaba: «¿Individuo o comunidad? ¡Ay, Dios mío! Eso no es nuevo, los alemanes no han inventado nada. Nuestros dos millones de muertos en la otra guerra también se sacrificaron por el espíritu de la colmena; Murieron, y veinticinco años después... ¡Qué mentira! ¡Qué fatuidad! Hay leyes que rigen el destino de las colmenas y los pueblos, ¡y ya está! Seguramente, el espíritu del pueblo está gobernado por leyes que se nos escapan, o por caprichos que ignoramos. Pobre mundo, tan hermoso y tan absurdo... Pero si algo hay seguro es que dentro de cinco, diez o veinte años, este problema, que, según él, es el de nuestro tiempo, habrá dejado de existir, habrá cedido el sitio a otros... Mientras que esta música, ese repiqueteo de la lluvia en los cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos del cedro del jardín de enfrente, esta hora tan maravillosa, tan extraña en mitad de la guerra, esto, todo esto, no cambiará... Es eterno...» Las contradicciones que acompañan a Hubert el hijo adolecente de los Péricands después de haber sido testigo de la desunión y fariseísmo de sus compatriotas, sobre todo en su propia familia; pero también el feliz asombro que experimenta ante la fortaleza y suficiencia que proporcionan las situaciones límites cuando por primera vez son superadas y aprendidas. "Y pensar que nadie lo sabrá, que alrededor de todo esto se urdirá tal maraña de mentiras que aún acabara convirtiéndose en una página gloriosa de la historia de Francia ... Con lo que yo he visto..." Había adquirido una valiente experiencia; y ahora sabía y, ya no de una manera, abstracta, libresca, sino con su corazón que tan alocadamente había latido; con sus manos que se habían despellejado ayudando a defender el puente de Moulins; con sus labios, que habían acariciado a una mujer mientras los alemanes festejaban la victoria... Ahora sabía lo que significaban las palabras peligro, coraje, amor. Ahora se sentía bien se sentía fuerte y seguro de sí mismo..." Estas son algunas de las razones por las que me ha gustado la novela; hay más, y quizás más importantes, pero en definitiva todas ellas me han dado la sensación de estar leyendo eso que llaman una "obra de arte" porque me ha emocionado, enseñado y me ha invitado a la reflexión. Una crónica corta sobre la obra de Manuel Chaves Nogales se puede encontrar en esta dirección: La agonía de Francia

2 comentarios:

  1. La lectura de Suite francesa está ineludiblemente condicionada por la historia textual del libro, tan apasionante, si no fuera por las terribles circunstancias que la propiciaron, que hace cierto aquello de que la realidad supera a la ficción. Para bien o, como en este caso, para la más espantosa de los manifestaciones del mal. Que un manuscrito abigarrado, arrastrado por internados por dos niñas fugitivas, tratando de huir del mismo destino terrible que las había dejado huérfanas, sobreviviera durante casi cincuenta años sin que nadie supiese qué contaba no resulta tan inverosímil como que su autora muriera, como otros seis millones de personas, por el solo hecho de ser judía.
    Al margen de esas circunstancias, la obra inacabada de Irène Nemirovsky, atrapa sin remisión a todo tipo de lectores. Como Jesús escribe, no se trata solo de la luz que que la obra arroja sobre un episodio tan oscuro de la historia de Francia (uno más en la larga e inexplicable serie de miserias que parecen componer la peor cara de la especie humana) y de los interrogantes que abre sobre la capacidad de respuesta ante situaciones límite; sino de la extraordinaria sensibilidad de una mujer para pintar tan vívidamente un panorama que abarca desde la más absurda crueldad (la muerte de Philippe a manos de esos pupilos a los que pretendía, sin éxito, comprender y amar) al conmovedor amor conyugal de los Michaud (“Su marido la esperaba en la escalera. La atrajo hacia sí y, allí mismo, sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que ella soltó un pequeño grito de dolor.”), pasando por la sensibilidad artística pero desposeída de alma de Corte (“Odiaba la guerra, que amenazaba algo mucho más importante que su vida o su bienestar: a cada instante destruía el universo de la ficción, el único en que se sentía feliz, como el sonido de una terrible y discordante trompeta que derrumbaba las frágiles murallas alzadas con tanto esfuerzo entre él y el mundo exterior.”), Langelet (“Mentalmente, se comparaba a un romano huyendo de la lava y las cenizas de Pompeya tras abandonar a sus esclavos, su casa y su oro, pero llevando entre los pliegues de la túnica una estatuilla de terracota, un vaso de forma perfecta, una copa moldeada sobre un hermoso pecho. Sentirse tan diferente del resto de los hombres era reconfortante y amargo a la vez”) o el teniente alemán alojado por (“A partir de ese momento, esa mujer podría mostrarse fría u hostil hacía él; no le afectaría, ni siquiera lo advertiría. Lo único que le pedía, a ella como a todo lo que la rodeaba, era que le procuraran un placer puramente estético, que conservaran aquella iluminación de obra maestra, aquella luminosidad de la carne, aquel terciopelo del fondo”).
    Asombra cómo se puede disfrutar de la belleza que Nemirovsky vierte tan inesperadamente entre las páginas desoladoras de su Suite (algunos de los ejemplos aportados por Jesús son muy ilustrativos). Asombra y casi llega a reconciliarnos con nuestra especie. Y repito uno de los fragmentos esogidos por Jesús para demostrarlo: los pensamientos de Lucile escuchando la sonata de Scarlatti que Bruno interpreta para ella tras hablar del “espíritu de la colmena” y de la guerra como “la obra común por excelencia”:
    “Pobre mundo, tan hermoso y tan absurdo… Pero si algo hay seguro es que dentro de cinco, diez o veinte años, este problema, que, según él, es el de nuestro tiempo, habrá dejado de existir, habrá cedido el sitio a otros… Mientras que esta música, ese repiqueteo de la lluvia en los cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos del cedro del jardín de enfrente, esta hora tan maravillosa, tan extraña en mitad de la guerra, esto, todo esto, no cambiará… Es eterno…”

    ¡Y muchas gracias, Jesús, por tu estupenda reseña y por tu generosa disposición!

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  2. Valga como comentario un poema de Elena Medel, incluido en su poemario, Mi primer bikini, por el que obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía en 2001. Curioso, cuando menos, la elección del personaje y de los instantes de su vida intuida y de las de sus personajes, en una chica de dieciséis años.

    Para Benjamín Prado

    Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:
    éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.
    Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.
    Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.
    Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.
    Yo soy un acorde de piano cualquiera
    que, de repente, en Issy-L'Evêque suena.
    Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.
    Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.
    Yo soy las lágrimas que derramaste
    en una cámara de gas en Auschwitz.
    Yo soy el espíritu de la mala suerte.
    Yo soy, como tú, una judía atea.
    Yo también me exilié por la guerra.
    Y soy un susurro al oído y un cuento de Chejov
    y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú
    y soy un perro y soy un lobo
    y soy un trago de vino de soledad...
    Y soy tu todo y soy tu nada.
    Y soy el cabrón alemán que te mató.
    Y el germen de la semilla de tu ser.
    Yo también me marché de Kiev.
    Yo soy tú y a la vez yo.
    Yo soy un insecto que por noviembre
    merodea en los crematorios.
    Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura
    de la boca que Hitler mandó callar un día.
    Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas
    cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.
    Soy tu mano que acaricia sus cabellos
    y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.
    Y digo que este poema es Irène Némirovsky
    lo mismo que yo soy Finlandia en 1918
    y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

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